La bicicleta impulsó la libertad de la mujer

Última actualización: 15.11.19

 

Las bicicletas son equipos que sirven para ser utilizados, por hombres, mujeres y niños sin distinción, pero han cumplido un papel importante en la emancipación de las féminas a lo largo de la historia, llegando incluso a ser uno de los artículos para el transporte y movilización más utilizado por las mujeres para finales del siglo XX.

Para nadie es un secreto que las mujeres han tenido mayores limitaciones que los hombres en diferentes aspectos de la vida diaria. De hecho, aún en pleno siglo XXI siguen luchando por la igualdad de los derechos y ganar espacios que están reservados para los hombres.

Lo que hoy puede verse como algo natural o rutinario, como utilizar pantalones o andar en bicicleta, fueron hitos en la emancipación femenina, ya que eran actos que escandalizaban a la sociedad y solían ser fuertemente criticados, pues una mujer no debía llamar la atención.

 

La historia de la bicicleta y la mujer

En 1817, ya existían algunos modelos de bicicletas básicas y sencillas que estaban integradas por una barra que unía dos ruedas. Luego, en 1870 hubo un cambio, se añadieron pedales, por lo que era posible incrementar la velocidad, a través del pedaleo y la fuerza de las piernas.

Posteriormente, aparecieron las bicicletas que incorporaban cadenas, con estructuras similares a las de hoy en día. Estas tenían un coste elevado y, aunque se vendían en grandes cantidades, solo podían acceder a ellas un elitista y reducido sector de la población.

 

 

Fue por esta época que algunas mujeres de clase alta comenzaron a incursionar en el uso de bicicletas, ya que podían desplazarse a velocidad y con libertad, lo que suponía todo un revuelo por aquellos tiempos.

Hasta la fecha, las damas estaban destinadas a la vida familiar y al encierro, por lo que cualquier acto escandaloso era severamente criticado y juzgado. Según los manuales de comportamiento, las señoritas no debían llamar la atención en la calle. Era considerado una falta de respeto o mala educación hablar alto, moverse con rapidez, mover las manos de forma acelerada y vestirse de forma inapropiada, de modo que una bicicleta era como la conjugación de todos estos males en uno.

 

Revolucionando las calles en dos ruedas

Con todas estas normas estipuladas que regían lo que era un buen comportamiento de la mujer, andar en bicicleta era poco habitual en las féminas. Sin embargo, algunas se atrevían, siendo objeto de señalamientos, cuestionando su reputación y moral en la sociedad.

Estas pioneras estuvieron acompañadas de escándalos y rechazos por practicar una actividad que era cuestionada hasta por los médicos. Estos afirmaban en aquel tiempo que subirse en una bicicleta y moverse en ella podía repercutir de forma negativa en el organismo de las mujeres y su aparato reproductor, así como generar trastornos nerviosos.

Uno de los casos más conocidos sobre ataques y prejuicios de la sociedad debió enfrentarlo Emma Eades, una londinense que fue recibida por multitudes a pedradas, al tiempo que la insultaban.

Adicional a todas estas trabas y prejuicios, la mujer debió enfrentarse a la barrera del vestuario. ¿Pueden imaginar subirse en una bicicleta con vestidos pesados y aparatosos? Se trataba de todo un reto al que pocas podían enfrentarse. Si a esto le agregas un corsé apretado, era una actividad casi imposible.

 

La rebelión en vestuario

Para todo existe una solución, solo que esta fue también criticada y reprochada. Los llamados “bloomers” aparecieron en escena. Unos pantalones anchos de inspiración turca, que fueron inventados por Amelia Bloomer a mediados del siglo XIX y que consistían en una especie de falda dividida en dos, que permitía moverse de forma más cómoda y pedalear con mayor dinamismo.

 

 

No es de extrañar que el invento no tuviera mayor alcance, pues no era sencillo ser una mujer ciclista. Hasta los sacerdotes hacían referencias en sus sermones a lo pecaminoso que resultaba su uso, por lo que muchas mujeres desistieron de usarlos, mientras que otras optaron por ocultarlos y solo unas pocas tuvieron la valentía de continuar llevándolos pese a las miradas y ataques.

Para limitar el uso de las bicicletas y ahora de los bloomers, se prohibió a las profesoras francesas llevarlos a las escuelas. Mientras que a la aristócrata Lady Haberton se le negó el acceso a una cafetería, donde buscaba hidratarse para seguir montando su bicicleta.

Aunque fue lento, la mujer logró escalar varios peldaños en su emancipación. El uso de las bicicletas fue cada vez más constante, por lo que la sociedad no tuvo más remedio que adaptarse a la imagen de la mujer movilizándose sobre ellas. En 1890, se inició la popularización de las bicicletas y grupos feministas que se unían para ofrecer viajes en grupo y reducir el acoso.

Los tiempos cambiaron y con ellos la percepción de la sociedad, ya que los médicos, en lugar de condenar, recomendaban su uso. Mientras tanto, los medios de comunicación alentaban y definían a las ciclistas como “La nueva mujer”.  La brecha entre hombres y mujeres se fue reduciendo gracias a mujeres como Annie Londonderry, quien en 1895 realizó la hazaña de dar la vuelta al mundo en bicicleta, proyectando la imagen de la mujer como ser capaz respecto al hombre.

La lucha de la mujer no ha sido sencilla, ya que ha debido enfrentarse a grandes retos para ser respetada y reconocida igual que el hombre como un ser capaz, fuerte, inteligente y autosuficiente. En todo esto, la bicicleta fue un instrumento que ayudó a algunos de estos logros.

Al día de hoy, encontrar la mejor bicicleta para el tipo de actividad deseada es fácil. Existen diferentes tipos, para diversas modalidades, como la de montaña, ruta o ciudad, entre otras. Se puede seleccionar incluso el color, para que se adecúe al estilo femenino. Tampoco es novedoso ver a mujeres utilizándolas como medio de transporte o practicando el deporte del ciclismo de forma libre, pero hay que recordar que no siempre fue así, por lo que se debe reconocer el carácter de las pioneras sobre sus bicicletas.

 

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